Unos pocos meses después de mi conversión, decidí escapar definitivamente de Londres. Tenía que alejarme de todos esos fantasmas, mi madre, mi padre, todos mis amigos que vería morir si me quedaba... y sobre todo, tenía que escapar del recuerdo de aquel extraño hombre que me había otorgado la vida eterna. No sabía si maldecir a ese ser o agradecerle.
Lo había perdido todo, pero viviría lo por siempre, sin caer el la enfermedad o en la vejez, la cual me aterraba.
Viajé en barco hasta Alemania.
Permanecía los días encerrado en el camarote y solo salía a pasear por las noches. En mitad del océano no tenía con que saciar mi sed, por lo que tenía que limitarme a entrar en la cocina por la noche y extraer un poco de sangre de a carne cruda, lo cual era repulsivo.
Por fin, luego de casi una semana de viaje llegamos a Berlín. Claro esta que no era la Alemania actual, era mucho menos desarrollada y mas parecida a una aldea que a una ciudad.
Me alojé en una posada cercana al puerto y le pagué a la casera por un mes de estadía, luego me dirigí a caminar un rato.
Paré en una cantina a tomar un café. Hacía frío, casi nevaba. Cuando la mesera me trajo el pedido noté que los dueños del lugar me miraban fijamente, tanto que me empezaron a incomodar.
De pronto, sin decir ni una palabra, el dueño del bar me dejó un papel en la mesa. Tenía una dirección escrita.
Luego, me señalo la puerta de salida, sin siquiera dejar que terminara mi cafe.

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